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Poco a poco algunos pueblos parcialmente despoblados van recuperando vida. Una casa del pueblo aquí lleva parte del verano en obras: tejado nuevo, pintura exterior y no sé qué más. El otro día me sorprendí al ver un “paso” común en reformas: entre los escombros una cocina de gas que creo que es de los años 30.

Seguramente les asombraría a los propietarios de la casa (a quienes no les hemos visto por aquí) que he sido dueño de dos cocinas de gas de época: una de los años 20 (que compré) y una de los 30 (que estaba dentro de una casa que tuve). Las dos funcionaban de maravilla. A la primera le faltaba aislamiento para el horno, pero necesitaba solamente un poco de una grasa apropiada para las llaves de los fuegos. La otra necesitaba un suelo para el horno que mandé hacer. Las dos cocinas me servían muy bien día tras día cuando vivía con ellas.

A veces el afán para lo nuevo, lo “mejorado”, lo moderno o simplemente lo “de moda”, tentados y empujados por los anuncios y las revistas, nos lleva a despreciar y a veces destruir el pasado. Me acuerdo que en la época en que tuve las cocinas era de moda tener una cocina “profesional” con fuegos fuerte de hierro fundido, precisamente lo que tenían las cocinas antiguas mías.

Con este tema podemos entrar en discusiones más o menos filosóficas sobre consumismo, ecologismo, las fases tardías del capitalismo pero, sin negar la importancia que esas conversaciones puedan tener, creo que hay cosas más sencillas en las que podemos pensar: el respecto para la creatividad y el trabajo de nuestros antepasados, la continuidad que podemos experimentar con las herramientas de otras épocas y la herencia que recibimos y dejamos. Nuestras herramientas, si nos sirven todavía y las usamos, provienen de experiencias concretas de la historia y nos unen de alguna manera con nuestros antepasados.

Viví en una casa que rehabilité con una cocina con armarios, marcos de ventanas y puertas, chimenea y colores de su época de construcción (1890s); un techo de metal y una cocina encima de unas baldosas de una reforma de los años 30; y un frigorífico, lavaplatos y unos pocos armarios de los últimos años de los 80. Todo encajaba bien y cocinar allí era vivir en armonía con la historia, y daba gusto.

Os deseo la oportunidad de experimentar la historia así y apreciar que no deberíamos tener todas las herramientas del pasado en museos.

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